Archive for the ‘Blog’ Category

cultura

26 junio 2009

“Siempre que escucho Billie Jean pienso que a una persona que le aportó tanto a la cultura popular mundial, se le debería permitir abusar niños”.

Anuncios

negocios

26 noviembre 2008

Hoy, otra vez, necesitaba monedas para el bondi. No es algo que tenga que hacer muy a menudo, porque en mi casa tengo como mil monedas de un peso. No es que tenga veinte o treinta y digo “como mil” de exagerado. Digo “como mil” porque debo tener entre ochocientas y novecientas. Pero hoy me olvidé de agarrar un par, así que tuve que ir a un kiosco para comprarme algo. Pedí una barrita de cereales pero resulta que ya cuestan 1,75, así que comprar eso con un billete de dos pesos no me servía para nada. Le pregunté que tenía de un peso, pero me dijo que si le compraba para cambiar monedas no me podía vender.

Entonces me fui a la librería que está al lado del consultorio de mi psicólogo (y enfrente de mi ex casa) y me acordé de que tenían un libro de David Foster Wallace a 21 pesos. Siempre voy a esa librería antes de entrar al psicólogo: cuando necesito hacer tiempo porque es muy temprano o cuando necesito hacer tiempo para entrar un poco más tarde. Y me acordaba de que ese libro salía 21 pesos porque esa edición (un Sudamericana de bolsillo) tiene un número 21 enorme en la tapa. El día en que le pregunté el precio a la gordita simpática que atiende (que hoy cantaba una de Maná), tardó mil horas para responderme. Cuando me dijo 21 yo le dije “uy, que nabo, tenía el precio en la tapa y no me dí cuenta”, pero nunca supe si ella entendió el chiste.

Hoy fui directo al estante en donde estaba el libro, a pesar de que está mal ubicado (en la W, como si Foster fuera segundo nombre). Pagué con cincuenta, pero mientras le daba el cara de Sarmiento me di cuenta de que me iba a devolver 29 (dos de diez, uno de cinco y dos de dos), así que le ofrecí 52, para que me devolviera 31 (uno de veinte, uno de diez y una moneda de un peso).

En el bondi de vuelta estuve pensando en los que hicimos negocio con la compra de ese libro: la simpática de la librería, los de Sudamericana, la viuda de Foster Wallace, yo. Y también pensé un ratito en la kiosquera, que le dio vida a todo esto.

botellero

10 noviembre 2008

Dicen que la leyenda del Botellero Invisible empezó en Berazachussetts. Los vecinos de ese barrio juraban que cada día, a eso de las tres de la tarde, se empezaba a escuchar la voz del Botellero Invisible, amplificada a través de un viejo parlante. Pero nadie podía verlo. La gente despertaba de la siesta y salía a la vereda, y la voz y el traqueteo de las herraduras del caballo que empujaba su carro ya se oía bien lejos. Las viejas del barrio, todavía atontadas por el sueño de la tarde, lo esperaban en la vereda, con sus botellas, sus televisores viejos y con cualquier otra chatarra que tuvieran para regalar, pero al final se quedaban con todos los cacharros en la puerta de la casa.

En Ezpeletown pensaban que era un chistoso que se dedicaba a molestar a los vecinos con un viejo Dodge 1500 y un amplificador, pero todos sabíamos que lo del auto era mentira. Bastaba con salir a la calle y sentir el olor a bosta, todavía tibia en el medio de la calle, para saber que ese Botellero existía de verdad.

Tiene un alazán, decían en Guayaquilmes. Es un tordillo, aseguraban los vecinos de Longchamps Elysee. La leyenda iba en aumento, así que un día hubo un debate importante en la plaza central de Camboyaneda. Mientras los más chicos jugábamos por ahí, los grandes discutieron horas sobre el Botellero Invisible. “El tipo existe; yo una vez lo hice pasar a mi casa”, aseguró a los gritos la Luchesi, que según mi mamá era de invitar a los hombres a su casa. Doña Lugones dijo que lo había visto una tarde, con su carro desvencijado, mientras desandaba la ruta 66, que en aquel entonces unía Pehuajóllywood con Chernobyllingurst.

Creo que hubo otras cuatro o cinco reuniones y los debates fueron cada vez más bravos. Y al final, como pasa siempre en este país, nunca supimos qué era lo que pasaba. Pero yo, cada que vuelvo a la casa de mis viejos, apago la radio y bajo los vidrios. Y no me importa que entre un calor de locos o un polvillo insoportable. Trato de ir bien despacito, casi sin hacer ruido, para ver si en una de esas escucho el canto del Botellero, ese viejo sonido que tanto me hace acordar a mi infancia.

críticos

28 julio 2008

Antes de leer una línea de Pablo Ramos ya sabía que sus textos me iban a gustar. Es que unos amigos en común me habían contado unas anécdotas sobre su comportamiento extremo y demás, y esas temáticas marginales siempre me resultan atrayentes. Un día vi un libro suyo en el Parque Rivadavia y lo compré sin dudar: por menos de 15 pesos tenía su última novela, “La ley de la Ferocidad”.

Lo arranqué en Buenos Aires, en el aeropuerto de Ezeiza antes de partir para Rio, y ahí me di cuenta de que estaba subrayado y marcado, cosa que me molestó un poco. Además, eran anotaciones raras. Por ejemplo, “una soltura admirable”, “poética de lo kitch”, “sarcástico sin encanto”, “inadaptado, resentido” o “en clave peronista”. Cuando vi que las anotaciones llegaban hasta cierto punto, me di cuenta de que no podían ser más que de un crítico literario, un tipo que había leído solo una parte de la obra y después se sienta frente a una compu, diagrama 80 líneas y dispara sin piedad. Así que en el verano inolvidable de Rio me prometí googlear para investigar un poco el asunto y hoy, seis meses después, cumplí mi promesa. Efectivamente, puse “la ley de la ferocidad + una soltura admirable” y saltó esto: La Biblioteca de Asterión, el blog del crítico literario Guillermo Belcore.

Creo que elegí esa cita (una soltura admirable) y no las otras (que pintaban más para palo) porque esperaba una crítica favorable. A mi el libro me voló la cabeza. Me hizo reír, me hizo llorar, me conmovió, me dio náuseas. Tiene soledad, sexo, marginalidad, ternura, todo en uno (en realidad, hay más cosas, pero ya pasaron seis meses). Es un libro del carajo, pero no me gusta recomendar libros y mucho menos uno como este, porque no sé cómo puede pegarle esta novela a la gente que tiene algún tipo de quiebre en la relación con su padre. O sea que si alguno se compra “La ley…” por lo que dice este post, ya queda avisado que después no venga por aquí a reclamar, porque no le devolveremos su dinero.

De todos modos, no sé qué estoy celebrando con este descubrimiento: probablemente todos los críticos literarios hagan lo mismo y a Pablo Ramos le importe tres carajos que en La Prensa le hayan puesto que su novela es “Regular”, que es una prolongación literaria del llamado rock chabón y que no es digna de leerse. Esto último es un poco incoherente, porque supongo que si no fuera digna de leerse, en lugar de un “Regular” habría que ponerle “Mala”. Sí hay coherencia ortográfica: cuando en la crítica dice que “Aflora cierta poética de lo kitch”, ese kitch está tan mal escrito en el libro, con birome, como en el texto final. Y en realidad también hay coherencia, porque dice que La ley no es digna de leerse y así lo hizo: leyó menos de la mitad . Así que tampoco habría que darle bola al decálogo que hay en su blog. El punto número siete dice “Dedícale a la obra tiempo de reflexión”.

escalera

3 junio 2008

La escalera mecánica de Constitución decide no funcionar y, aunque sigue siendo una escalera, la mayoría de la gente elige usar la fija. Hay transgresores: ella baja apurada mientras juega con la música de sus auriculares, él sube lento, faltan pocas líneas para terminar un capítulo. Se chocan. Nunca volverán a verse.

héroes

29 mayo 2008

Los sábados me junto a jugar al fútbol con estos muchachos. Lo hago para divertirme y, también, para estar un poco en forma. Suena raro, pero es así: jugar al fútbol es un acto de amistad enorme pero también esconde cierto sentido de la estética. Los partidos duran una hora, a veces un rato más. Como mucho, hora y media. Una hora y media por semana termina dando algo así como seis horas por mes de deporte. Y con eso estoy bien, porque chivar entre amigos te hace bien, uno se desintoxica de tanta porquería. Pero siempre aparece algún hijo de puta para hacerte sentir mal.  

Bueno, el hijo de puta de esta historia es él, que es el hermano de un gran amigo. El hijo de puta acaba de hacer 13 horas, 34 minutos y 54 segundos de deporte, todo en el mismo día, para completar el Ironman de Florianopolis: 3,8 km de natación, 180 de bici y 42 a pie. Ni en dos meses hago tantas horas seguidas de deporte. Tengo declaraciones exclusivas de este hijo de puta para el blog: “Fue facil hasta las 11hs, luego se puso cuesta arriba, pero no aflojé. Corrí toda la maratón, los últimos 21 fueron duros, pero la mente es fuerte y sobrellevó los momentos duros”.

A mi amigo le dije que me sentiría muy orgulloso de tener un hermano así (los hermanos que no tuve, los abuelos que no tuve… ¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?) La cuestión es que siempre tuve admiración por estos tipos de hierro. Me acuerdo de los documentales deportivos de Nicanor González del Solar, en El deporte y el Hombre, o de Francisco Campos en La Cabalgata Deportiva Gillette, toda esa cuestión épica del deporte, presente desde los orígenes mismos del maratón, que supone el esfuerzo humano al extremo. 

Pero este hijo de puta no me va a amedrentar: todos tenemos nuestra jornada épica en algún momento de nuestras vidas. Algunos corrieron para no morir, otros corren para no abandonar, yo corrí detrás de un culo.  

conexión3

22 mayo 2008

El ojo es físico, la mirada es metafísica, me dijeron. Yo busco el ojo, inducir el giro de la pupila y detectar tu luz, destrozar el nexo que te une con él, separarte de su recuerdo, y que estés acá, conmigo. Compartir los auriculares y escuchar una canción que nos ponga un poco más tristes. Y ahí sí, apoyarme en tu hombro y respirar en la curva de tu cuello (metafísico). 

sueños

14 mayo 2008

Durante algún tiempo tuve la intención de armar un blog para escribir lo que soñaba. Se llamaba 365suenios y hasta llegué a registrarlo en blogger. Al principio escribía los sueños a la tarde, en algún rato muerto del laburo, pero noté que algunas cosas las iba perdiendo a medida que avanzaba el día. Después pensé que lo mejor era escribirlos ni bien me levantaba, pero me pasó que en algunas desveladas nocturnas soñaba algo que después tampoco recordaba, por más que escribir el sueño fuera la primera actividad del día. Así que durante un tiempo dormía con un anotador y una lapicera sobre la cama, para anotar al menos algunas palabras clave a eso de las 4 am para después si escribir el resto. Ahora que lo pienso, una locura total para sostener una idea que me parecía (y me sigue pareciendo) muy buena pero que requiere de una constancia que jamás tendré. El proyecto duró una semana.

El otro día, buscando un archivo para subir un post (que hablaba de Led Zeppelin y del Ford Fiesta blanco CCA 154) encontré otro que tenía la descripción de un sueño. Es del 9 de enero de 2006.

Vamos con el Pampa y el Negro con el M5 por un camino. Adelante nuestro un viejo en un R4 hace una pirueta tipo 360º y sigue andando. Nosotros queremos hacer una pirueta similar, como hacen los jet ski cuando hunden la trompa y salen para otro lado, pero hay agua y el auto se hunde de trompa. De golpe yo le digo al Pampa que no lo haga porque habia visto como un M5 de quedaba seco si le mojaban una central electrónica que hay bajo el capó. Nos empezamos a hundir pero no parecemos preocupados. Yo digo que nos desatemos el cinturón porque el auto se hunde. Ahí el Pampa dice que nos estamos hundiendo y que salgamos del auto y yo me desespero un poco (aunque no lo demuestro, me preocupo por dentro, digamos) tratando de abrir la puerta del auto. Una vez que salimos, ya nadando hacia el borde, chequeo tener la billetera y el telefono. Vamos hasta el borde de la vereda y reconozco el lugar. Estamos en el Parque de Mayo, en la curva del fondo, pasando donde me pegue yo con el auto. Trato de desbloquear el teléfono con Menu + asterisco pero no funciona. Mientras, estamos flotando y hay muchas víboras (de colores, amarillas, naranjas) en el agua y en la vereda. El crencha tampoco puede desbloquear el teléfono, pero en realidad el que tiene un teléfono igual al mio es el palmera*. Lo llamo a mi viejo y me dice “queres que le diga a tu vieja que te quedaste conmigo, que tenías fiebre”, porque la noche anterior me habia acostado como a las diez de la mañana. Me queria cubrir. Le digo que está todo bien, que no hace falta, pero que me venga a buscar porque se nos hundió el auto. Ahora recuerdo una escena de la noche anterior, estábamos en una especie de bar que era una casa y había como dos grupitos: uno el nuestro, con peti, nano, yo y unas minas y el otro de unos vagos. Pero no me acuerdo bien que pasa como para escribirlo acá. Tengo imágenes como que estábamos en bolas y que estaban las hermanas de peti o de nano, pero no lo registro bien. Hay un principio de pelea con un vago del otro grupo que tiene una remera amarilla y decidimos irnos. Apuesto a que en la noche este sueño estuvo primero y despues vino el otro del auto. Vuelvo al del auto. Mientras hablo con mi viejo empiezo a ir para el auto pero me doy cuenta que el agua le llega hasta el techo, o sea que hay apenas 1 metro y pico de agua y empiezo a caminar. Recuerdo que me flashea que bajo esa superficie haya cemento, cuando en realidad es algo lógico porque estamos en la calle de atrás del Parque de Mayo. Ah, también hay un episodio con una cochera, estamos en un subsuelo de un edificio copado, que nos metemos por error, y cuando queremos salir está cerrado el portón, que es muy modero y luminoso, como todo ese subsuelo. Como que se repite varias veces nuestra escena de salida: una pasando atrás de un auto que justo salia, otra tocando el botón y saliendo, otra chiflándole al guardia que nos equivocamos y que nos abra. En esta escena el Pampa maneja, el negro va adelante y en cada unos de esos finales le indica si el portón va a tocar el auto. Yo voy atrás. Durante todo el sueño, el auto es nítidamente azul. O sea, del mismo color del M5 que tuvimos, pero está muy presente el tono. Como si por momentos todo se volviera tipo Sin City, en tonos cepia, pero el azul del auto queda igual.

máximo

16 abril 2008

El auto tiene velocímetro digital y Máximo, recién salido de la escuela (primer grado), dice la velocidad a la que vamos (64, 65, 68, 72, 76, 78, 81). Después me desafía (a que no llegás a 100) y se rie a carcajadas cuando el auto llega a las tres cifras. Para mí, ese pequeño instante de felicidad es mucho más importate que cualquier ley de seguridad vial. 

random

7 febrero 2008

Ayer fui Opera Bay (no sé llama así ahora es otra cosa, Opera office, Opera after, algo así, (no Opera Pampa) en Alsina al 900. Es raro llegar a un boliche a eso de las 19, porque es una hora en la que me agarra bastante fiaca. Al lado de Opera hay un estacionamiento, precio único $18, pero ni en pedo dejaba el auto ahí, porque no sabía si iba a estar media hora o tres, así que di un par de vueltas y pegué un buen parking por hora.

The Raven armó una lista así que me mandé sin pagar entrada. El Patova chequea tu vestimenta, zapatos, pantalón, camisa. Sino, no. ¿Por qué? Porque no. Afuera día, adentro noche, los primeros minutos hay que acostumbrar la pupila para ver y enseguida darse cuenta de que algunas cosas no cambian a pesar de la hora: busco la barra o el baño, depende cómo venga, porque eso es lo primero que hace uno cuando entra a un boliche.

Hay una sensación de matiné en el ambiente, miro a la cabina a ver si está en negro Práttico, pero no, hay un peladito que cuela buenos temas y empiezo a moverme un poco. No da para Vodka con Speed, hace mucho calor asi que busco una cerveza. Pido una, pago $ 10, me la destapan y me dejan otra al lado. Supongo que habrá 2×1 así que la manoteo, aunque con miedo a que algún corbata me increpe. 

Al toque nomás la veo a Angie Arbesú, una flaca con bastante cara de frígida que trabajaba con Tinelli. A la tarde había estado viendo unos youtube de “Deportes en el Recuerdo” y Pablo y Pachu (que son como Menotti, porque lo mejor lo hicieron hace 15 años y ahora dan lástima), le hacian unos chistes bastante guarros. En ese momento es cuando me agarra esa cosa de celebrar el destino, pensar en que haber visto a esa mina tan bizarra a la tarde y estar ahora tomando una birra a un metro suyo no puede ser casualidad.

De a poco, el pibe de la cabina la empieza a cagar. Primero pone el de Los Pericos que dice “ele le mi chala lemi go ouei” y que la gente canta arriba “fumate una chala que está todo bien”, aunque de golpe me pongo a pensar que la palabra chala se dejó de usar hace tres mil años. Después pone ese tema inmundo, horrible de Shania Twain, que dice “Let´s Go Girls”, que a las minas les encanta y que bailan medio como gato (así lo bailan las más histéricas supongo), es un tema inmudo, grasa, berreta y con una letra horrible. Estoy mareado, hace calor, me mira una chica y no le digo nada y la busco a Angie para ver si está bailando un caño imaginario con Shania (léase Yanáia). Debería estar prohibido.

Ya tomé cerveza, ya tomé champagne, ya tomé vodka con speed. Esto dejó de ser una matiné hace rato. Hay gatos, putas, oficinistas, clima de levante, mucho calor, mucho reviente y hasta olor a porro. Voy al baño, acomodo el vaso magistralmetne en el canto de la división del mingitorio y meo un largo rato. Me lavo las manos mientras todos los corbatas se miran en el espejo y y se tiran agua en el pelo. Creo que si fuera una peli estarían tomando merca en el baño.

Salgo y no encuentro a mis amigos. Doy unas vueltas, hablo con una que me dice que para no hacerme perder el tiempo me avisa que tiene novio. Debería preguntarle si eso significa que no vamos a coger o a chapar, pero ni ella debe saber exactamente que está queriendo decir así que le pido un chicle (algún provecho le tenía que sacar). Doy más vueltas, me trago unos sillones negros, como cuti, y casi voy al piso (piso negro, sillones negros, mente chiquita). Después le vuelco un poco de champagne en el saco a uno, le pido perdón, está todo mojado y no le importa, además porque habla con dos siliconas que tienen una persona atrás. Vuelco otro poco (por culpa de las siliconas) y decido irme. Creo que estoy cerca de hacer algo que no quiero hacer.

Pienso en el estacionamiento, dónde queda, si dejé el auto muy encerrado y las maniobras que debería hacer para sacarlo. Afuera el calor y las ganas de mear son las mismas que adentro. Llego al parking. Me cobran 17 pesos, me ahorré uno pero caminé dos cuadras, en las que aproveché para mear (hacer pis en la calle me sale con una naturalidad sorprendente). Subo al auto y el random del disco MP3 elige una buena canción para volver a casa. Buenos Aires, con las vidrios bajos y el aire acondicionado a fondo, una buena canción entre ciento veintiséis tampoco puede ser casualidad.